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sábado, marzo 24, 2012

PERDÓN

Miguel admira la moral de los hombres religiosos. Él, que habla con Dios y que le busca, no se siente interesado por la religión. Su fe es privada. No necesita compartirla con nadie. Que nadie más crea. Sólo necesita tener claro en qué cree. Y hay días que no cree en nada. Esos días sale también a correr. Y come. Y duerme. Pero tiene la sensación de que todo es para nada. Nada sirve de nada.
La moral de los hombres religiosos implica también su inmoralidad. Porque se la saltan. Pero es una moralidad admirable. Miguel sabe que venga de donde venga, la premisa ama al prójimo como a ti mismo es admirable. Y es necesaria. Para llegar a ella Miguel ha tenido que vivir mucho. Los hombres religiosos lo aprenden desde niños. Pero amar al prójimo es complicado si no te amas a ti.
La moral de Miguel es más severa que la de otros. No se deja hacer muchas cosas. Sabe que a veces la moral es una excusa. Pero que casi siempre esa moral le salvará de sí mismo. De su propia mirada en el espejo. De vivir horas y horas despreciándose.
Los hombres religiosos pueden confesar sus pecados. Ser perdonados. Miguel sólo puede ser perdonado por sí mismo, y normalmente no lo hace. Sus pecados son olvidados. O son llevados a un segundo plano en la memoria, en las cosas no necesarias, no del momento presente. Pero no se perdona.



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