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domingo, agosto 25, 2013

ESE BOLERO QUE ME CANTABAS AÚN ME HACE SONREÍR

Ese bolero que me cantabas aún me hace sonreír cuando lo escucho, cuando alguna frase me recuerda a su título, tan simple y tan tonto, como todas esas canciones que tú cantabas pero de la que solamente puedo recordar esa.

El olvido es una cuestión extraña. Yo no he querido nunca olvidarte, pero lo he hecho. Pero si me pongo delante de un teléfono puedo marcar tu número, de manera automática, y puedo saber contando los tonos si lo vas a coger tú o lo cogerá tu hermana que siempre me daba charla y tenía la voz tan parecida a ti que a veces le decía “china” que era lo mismo que te decía a ti.

En mi cabeza puedo recomponer de una manera absolutamente veraz la blusa que llevaste en nuestro primer encuentro, cuando me escuchabas tan atenta, como si yo fuera a decir algo interesante, yo, que nunca he dicho nada demasiado interesante si no han sido nombres de mujeres. Esa blusa la he visto después en otras que me han gustado al instante por llevarla, aunque sin ella me parecerían deleznables, estúpidas, olvidables.

Pero te he ido olvidando. Tu hermana me dice que es lo mejor que he podido hacer. Que ella también te ha olvidado. Pero me llama en mi cumpleaños y hablamos de ti y siempre tengo que hacerla reír un poco y llamarla “chinita” para que no se arrugue y se ponga triste y llore un poco. Me llama en mi cumpleaños para recordarte porque ella también se olvida de ti y no quiere y le duele olvidar.

Te prometí pocas cosas. Que siempre intentaría contribuir a tu felicidad. Así que cuando me acuerdo de ti, cuando oigo el bolero o alguna cosa así, pienso en algo que es gracioso y que te hubiera gustado escuchar, que te habría hecho sonreír. Hubieras puesto ojos de china. Intento seguir contribuyendo a tu felicidad.

No dejarás el mundo si no te olvido, si la chinita me sigue llamando para recordarte, si su hija lleva tu nombre con esa alegría que tanto recuerda a la tuya. Ya no te quiero. No se puede querer a alguien que ha desaparecido hace tanto. Quiero a otra. Pero te gustaría mucho. Te haría reír ella también, como lo hacía yo.

Ese bolero que me cantabas aún me hace sonreír y por eso me lo pongo de vez en cuando. Tú no sabes que aún suena. Tú ya no sabes nada. No puedes olvidar ni recordar nada. Pero aquí lo hacemos por ti. Para ti.



sábado, agosto 10, 2013

TU CORAZÓN SÍ ES UNA MANZANA FALSA

Tu corazón sí es una manzana falsa. Yo lo muerdo y el sabor que me deja en la boca es el de la felicidad. Que se jodan los que no pueden morderlo. Que se jodan los que no tienen dientes. Tu corazón que yo muerdo y que cojo con las manos y que acaricio despacio para que no se pare y siga y siga latiendo para mí sí es una manzana falsa, una manzana que no sabe a manzana.

El sabor de tu corazón es dulce. La mordedura no lo hiere, lo alimenta. El sabor se escapa al segundo, pero permanece en el recuerdo. Aunque yo deje de morder tu corazón, aunque alguna vez me digas que ya no, que no más, que deje de morderte el corazón, yo habré tenido en la boca tu felicidad y su sabor. Yo te habré hecho feliz cumpliendo la promesa más cierta que nunca me hice.

Que se jodan los tuertos o los cojos, que se jodan los incompletos, los tullidos, los deformes. Que se jodan los que te miran y te desean, los que anhelan tu corazón manzana falsa. Que se jodan los que pierden la vida. Los que no son justos. Los impíos. Los torturados y los torturadores. Que se jodan los podridos, los llenos de rencor. Los que no han podido resarcirse de sus pecados porque no han mordido tu corazón. Los que no son como yo. Los que no son yo. Que se jodan porque sus pecados siguen ahí. Que se jodan porque no han probado la felicidad directamente desde la fuente de tu corazón. Porque no han probado la felicidad que yo mantengo, la felicidad que me durará aunque te vayas. Aunque me arrebates tu corazón y se lo entregues a otro. Aunque me cierres tu corazón para siempre.

Yo mordí tu corazón un día. Y lo volví a morder. En el último momento de mi vida, eso valdrá para salvarme. Para alcanzar un cielo que no sé si existe. Un cielo que es una copia de tu corazón manzana falsa, de tu corazón de mordedura que no creció en un árbol. Yo mordí tu corazón un día y te hice tan feliz que mi propio corazón resplandecía, que mi corazón que era un gusano de tantos gusanos que tenía, reverdeció.

Acaricio tu corazón y dejo que siga latiendo. El mío se dispara y se multiplica. Es como diez corazones que laten. Es velocidad desbocada. Muerdo tu corazón para que siga latiendo. Cuido tu corazón para que sigas feliz. Yo susurro mi felicidad. Pero dejo que tú la grites. Pero dejo que tú hagas con la tuya lo que quieras. Yo sólo muerdo tu corazón esperando que continúe, esperando que el mordisco siga funcionando, esperando no haber perdido el tono de diente, la mordedura exacta que conseguí un día. La mordedura de la felicidad.

Pequeños trozos de tu corazón manzana falsa se quedarán entre mis dientes. Por si un día te vas y te pierdes y me olvidas. Por si un día ya no puedo morder. Por si un día todos los tullidos, los deformes, los anhelantes de ti, tienen suerte. Yo no necesitaré nada más. Sí, lloraré un rato en una esquina. Pero habré tenido tu sabor en mi boca. Te habré hecho feliz, corazón manzana falsa.  



sábado, agosto 03, 2013

LAS HORAS Y LOS DÍAS

En aquel verano las semanas volaban. Los días vistos desde atrás, se habían escapado sin que apenas pudieran quedarse grabados en el recuerdo. No había manera de distinguirlos, de saber en qué semana habían sucedido. Eran días que volaban en semanas que volaban. Los calendarios se hacían cortos. Los plazos de tiempo casi no existían. El mes que viene era mañana.

Pero los días se hacían interminables. Las horas pasaban lentas, como si cada minuto tuviera la intención de quedarse sin pasar, de durar eternamente. Las horas de los días eran descontadas sin que terminaran de pasar. Hacía las cosas para que las horas no me pillaran continuamente vigilándolas, mirando el reloj y deseando que ya fuera otra hora, que se hubiera marchado esa que tanto me había costado vivir.

Fue un verano que terminó en una hora inmensa. Una hora que se quedó durante semanas y que cuando acabó, no dejó recuerdo, no dejó sensación de haber pasado. Durante esas semanas yo cultivaba tu recuerdo. El calendario pasaba los días y en ellos yo marcaba las oportunidades perdidas de haber estado contigo.

El otoño llegó a tal velocidad que no me di cuenta de que había que cambiar la ropa, empezar a trabajar, olvidar que el verano ya había acabado. El otoño me cogió desprevenido y me constipaba cada dos días con una regularidad y una tenacidad inusitadas. Pasaba los días entre pañuelos y antigripales. Tu recuerdo se iba agigantando.

Los días que habían volado en verano eran días perdidos. Días que había consumido esperando tu regreso. El beso último que me diste con los labios suaves me duraba aún. Su tacto era mi despertar de cada día. Su recuerdo en los días marcaba el tiempo que pasaba. Contaba cuando me lo habías dado y me parecía imposible que ya hubieran pasado casi tres semanas. Dos meses. Una estación.

El tiempo se volvió loco cuando supe que había pasado un año. Todos me dijeron que no volverías. Yo sabía que no volverías. Que te habías ido para siempre porque tenías razones para no volver. Y no te quedaba ya ninguna para volver. Pero el tiempo seguía pasando de esa forma absurda: días interminables en los que no aparecías y semanas inmediatas en las que tu recuerdo había arrancado cada día del calendario.




miércoles, julio 24, 2013

FUTURO EN LOS BESOS

Intentaba leer en cada beso el futuro. En la intensidad. En el furor. En los labios que se pegaban a su labios con necesidad, con costumbre, con deseo, con desgana. El futuro se le presentaba ahí. Pretendía leerlo de cada beso que se daban, como si en cada beso estuviera escrito el siguiente minuto, el siguiente año, el siguiente beso.

No pensaba que fuera cierto que sólo es posible quererse en lo que dura un beso. Pensaba que podían quererse también fuera del contacto de los labios. Quererse cuando se pasaban las manos por el vientre. Cuando rozaba su vello púbico. Cuando pensaba, a cientos de kilómetros, en lo que estaría haciendo ella. Quererse incluso cuando no tenían ganas de besarse.

El futuro no estaba escrito en los besos. Ni siquiera estaba escrito en las manos que juntaban cuando paseaban, las manos que ella buscaba y que él apretaba fuerte. El futuro no existía. No había tiempo más allá de los besos. No había tiempo más allá de del que gastaban en ellos. Los besos eran una negación del tiempo.

Ella le hablaba del pasado. Y entonces él no escuchaba. No entendía nada del pasado. No quería nada del pasado. No se podía coger nada del pasado. Ella no existía en el pasado. Ni él. No había futuro en los besos, ni pasado en sus palabras.

Ella le enviaba mensajes secretos en sus besos. Pretendía que entendiera palabras en sus labios juntos sobre los suyos. Pretendía que supiera entenderla también en los besos. Mensajes que nadie más puediera entender. Un lenguaje secreto sólo para los dos. Hecho de besos y caricias con los labios. Hechos de la suavidad dulce de los labios de ella sobre los de él.

Él sentía los labios distintos. Pero no encontraba palabras en sus labios. Sólo otros labios. Sólo otra suavidad. Sólo un instante de anulación del tiempo. Los mensajes secretos, palabras de amor y de complicidad, no llegaban a los labios de él. No podía entenderlos.

Nunca hubo futuro en los besos. Sólo anulación del tiempo. Sólo amor que se expandía fuera de los propios besos. No entendieron mensajes ni palabras secretas. Tuvieron que decirse todas las palabras. Sobre todo los palabras de despedida. El último beso sí contenía el futuro, ya no habría más besos.



miércoles, julio 17, 2013

BESANDO BESOS DE PAPEL

Me dijiste que saliste a comprarlo sólo para usarlo en las cartas. No era de un rojo intenso, era más bien granate. Ese pintalabios granate firmaba el final de tus cartas. Tres besos finales después de tu nombre. Dos difuminados y uno más firme en el centro. Tres besos finales en el final de tus cartas. Yo besaba sólo los del centro, los más firmes, los más grandes. Besaba tus labios de papel sintiendo que eran suaves como tus labios reales.

En las cartas no contabas nada especial. Llegaban cada dos días. A veces cada tres. Contabas tus días. Las escribías por la noche, cuando estabas tranquila y sola en tu habitación. Había pasado el día y me contabas lo que habías hecho, lo que había sucedido. Tus paseos por el pueblo caluroso. Tus días solitarios. Tus días locos y divertidos con tus amigas.

Yo no contestaba a tus cartas. Nunca lo había hecho y nunca lo haría. Las primeras tardé mucho en abrirlas. No quería saber nada de ti. Yo nunca lloro, pero por ti debería haberlo hecho. El primer beso a tus labios de papel lo di sin pensarlo. Luego abría las cartas no por saber de ti, sino por besar esos labios finales que tú me mandabas.

En las cartas no hablablas de él. Yo lo encontraba en las cosas que no contabas. Notaba su presencia en los huecos de la narración de tus días. Lo notaba en tu felicidad. Le agradecía que te estuviera haciendo feliz. No quería pensar que besaba tus labios de verdad, sin pintalabios, sin papel, tus labios de carne en sus labios.

Quería besar tus labios de papel, pero no quería que me mandaras más cartas. No quería saber nada de ti. Y tú te empeñabas en seguir en mi vida. Ese verano besé otros labios de carne. Labios también llenos de colores intensos. Rojos. Y rosas. Pero no tenían la suavidad de los tuyos. Ni siquiera la suavidad de tus labios de papel.

El verano pasó y dejaron de llegar cartas. Dejé de saber de ti. Imaginaba tu futuro a su lado. Te imaginaba feliz al fin. Te imaginaba contenta en tu ciudad pequeña y entre sus brazos. Yo no dejaba de pensar en ti. No dejé de hacerlo nunca. Durante años besé tus labios de papel las noches tristes. Las noches alegres. Besé tus labios de papel, mucho mejores que otros labios de carne.  





domingo, julio 07, 2013

MAÑANAS Y NOCHES

Por la mañana te costaba despertar. Yo te susurraba “buenos días” al oído muchas veces y tú seguías respirando, no sé si ignorándome, no sé si aún dormida. Yo me levantaba y empezaba a hacer mi vida, sin ruido, para no despertarte, un poco para darte el capricho de seguir dormida, un poco para darme el capricho de seguir solo.

Por la noche me hablabas y me hablabas. Te encendías y no tenías ganas de dormir. Me habías arrastrado a la cama con una promesa de sueño inmediato, medio dormida en el sofá mientras yo cambiaba de canal intentado encontrar algo que no me aburriera, algo que ver mientras tú te amodorrabas.

Pero en la cama te despertabas a la noche y hablabas y hablabas. Me hacías reír. Yo pensaba en los vecinos que debían oír nuestras risas y que pensarían que tendríamos una forma muy extraña de hacernos el amor. En la cama me hablabas y esas palabras eran tus mejores palabras, las que yo recordé siempre, incluso cuando después te fuiste. Nada pudo sustituir eso.

Yo iba a la pastalería y elegía cada día un pastel distinto para tu desayuno. Compraba el periódico y lo leía lentamente. Ponía música bajita. Veía deportes en la televisión. Esperaba a que despertaras para desayunar. La espera solitaria era maravillosa, porque sabía que tú despertarías y vendrías a mí o a los pasteles.

Las mañanas eran mías y las noches eran tuyas en ese reparto del tiempo que tan bien nos salió. Las tardes no importaba si las pasábamos juntos o separados, vendrían después una noche y una mañana para cada uno, una mañana y una noche con los papeles repartidos y cumplidos.

Tú dormías plácida y hermosa en la cama que a la noche había escuchado tus palabras, había reído con nosotros. Yo era feliz en la mañana, en la soledad y en la espera. Incluso mucho tiempo después de marcharte fui feliz en las mañanas, pensando que tú aún dormías y que vendrías a mí o a los pasteles.



sábado, julio 06, 2013

DEJÉ LA DIGNIDAD EN TUS PECHOS

Dejé la dignidad en tus pechos. Dejé allí mis huellas digitales y mi adn. Dejé mi saliva. Dejé lo que hace de mí un hombre vivo. Dejé mi salud. Dejé mi sudor. Dejé mi alegría y mi placer. Dejé mi ilusión. Dejé la verdad de lo que soy.

Todo lo dejé en tus pechos. Y en tu cuerpo todo. No quedó nada del hombre que soy. Después me iba arrastrando por los lugares de siempre. Los parques quemados por el sol del verano. Las sombras que dejaban, por lo alto, pasar el sol que me quemaba los ojos. Las tiendas de muebles mexicanos que estaban siempre abiertas y en las que nadie compraba.

Los días pasaban con el aire quemando. La piel y los ojos y los nervios ardían en el contacto con el aire de la calle. Todo era un fuego escondido que no se podía apagar. Se quemaron los pájaros. Se quemaron las flores y sus olores. Se quemaban los bichos al pisar el asfalto. Todo era una continua bola de fuego.

No es lo mismo irse que olvidar. Te lo dije el día que te fuiste. Pero no fue cierto. Olvidaste al primer día. A mí el aire me quemó todo el recuerdo. Otros pechos se ofrecieron a mi dignidad, pero estaba ya perdida en los tuyos. Dejé en los otros muchas cosas, pero sólo perdí la dignidad en los tuyos.

No es lo mismo irse que olvidar. Delante de otros pechos desnudos yo no sonreía, pero olvidaba. No llamabas. No escribías. No sabía si estabas, si vivías, si recordabas. Fue lo mismo irte que olvidar. Fue lo mismo recorrer unos centenares de kilómetros que no saber quién era yo.

El aire quemará todo el verano. Secará y arrancará mi piel lentamente, día a día un pequeño espacio. Secará y arrancará los besos que tú me diste. Uno a uno. Mi piel será nueva y no te recordará. Estará lista para otros besos, para otros pechos, para otras mujeres. Tú me habrás olvidado y serás por fin feliz, serás por fin quién debes ser. Yo recordaré pero no lo diré. Tampoco sabrá nadie que no te olvido.



sábado, junio 22, 2013

GRAFOMANÍA

Es sentir las ganas de contarlo todo. De verlo todo. Pero no de vivirlo. De inventar todo un mundo. De escribir y escribir palabras y palabras. Producir continuamente. Sin importar si es bueno o malo. Sólo decir y decir cosas y cosas, todo el rato, hablando, engañar, crear mentiras que contar. O no mentiras. Opinar sobre temas peregrinos. Sin que nadie lo pida. Por el simple hecho de ver la letra escrita.

Una manía como otra cualquiera. Como la ludopatía que no consiste en en el juego normal de intentar ganar, sino en el placer de jugar por jugar. En la emoción, en las hormanas que suben mientras estás jugando, sin importar el resultado. Así también con las letras, con la escritura. Sin importar lo que se diga. Y en ciertos momento sin importar cómo se diga. Sólo decir y decir.

El placer está en pensar qué se va a escribir, en experimentar la angustia de no saber qué se va a decir. Enfrentarse a la posibilidad de no poder escribir, de no ser capaz de rellenar una hoja en blanco con unas cuantas palabras sobre cualquier tema. Como un vicio cualquiera. Una y otra vez. Sin importar el resultado. Por la emoción esa de ser capaz de hacerlo. Por el subidón de intentarlo.

Y luego llega el bajón. La lectura. Qué mal está hecho todo. Qué malo soy. Soy puro fracaso. Maldito fracaso que no me abandona. Palabras repetidas una y otra vez, como si no hubiera otra, como si todo fuera ya pura mecánica en la escritura, puras vueltas a la misma plaza, al mismo camino, como un obsesivo compulsivo, sin pisar las líneas de las baldosas, sin pisar las palabras nuevas.

El fracaso que no se va. El subidón de un nuevo tema. De no vivir si no es cosas que luego pueden ser escritas. Vivir sólo para mirar, para encontrar cosas que escribir. No querer a nadie, sólo querer las palabras de amor porque son hermosas. Y por eso rodearse de gente a la que se podría amar. A la que se podrían escribir esas palabras.

Escribir hasta la nada. Escribirlo todo. Escribir la vida que no se vive, porque la única que se vive no podría ser contada: una búsqueda estúpida de palabras para todo, una producción continua de palabras para nada. Y llegar a la nada. Más allá del mundo. Allí dónde los adictos llegan y se quedan.





sábado, junio 08, 2013

SOBRE TU VIENTRE

Yo respiraba despacio, silenciosamente, lejos de tu oreja, los ojos abiertos. No podía dormir contigo al lado. Tú no podías dormir si yo te inspiraba el aire cerca de la oreja, así que giraba la cabeza y miraba las sombras y las luces que la calle proyectaba en aquella habitación pequeña. Tú respirabas más ruidosamente. Cuando estabas a punto de dormirte, hacías gestos involuntarios con las manos y con los pies. Era un ligero temblor. Un espasmo involuntario. Yo sonreía y te pasaba otra vez la yema de los dedos por el costado.

Escribía palabras sobre tu cuerpo. Pero tú no sabías que yo escribía palabras sobre tu cuerpo. La yema de mis dedos hacía la forma de las letras en la suavidad imposible de tu piel. A veces tus labios húmedos me premiaban con un beso en las muñecas. No sabías que estaba escribiendo todas aquellas palabras sobre ti. Pero me dabas ese beso. Entonces yo perdía el hilo y sólo dibujaba espirales sobre tu costado, sobre tu espalda, sobre tu vientre.

A veces yo tosía tu pelo. Escribí infinitamente tu nombre en tu espalda. A veces tu nombre completo, con nombres y apellidos. Otras veces escribí las palabras susurradas que tú ibas diciéndome. Otras simplemente puse allí palabras, sin mucho orden: ojos, espalda, suave, mañana, no.

Escribí encima de ti montones de páginas. Nadie podía leerlas. No había tinta. Escribía una y otra vez sobre el mismo trozo de tu cuerpo. A veces, por comprobar que todo en ti era igual, escribía en tu brazo, en tu vientre. Escribía “siempre”. Y escribía “nunca”. Escribía la historia de los días que nos habían llevado hasta allí. Escribía los días que nos quedaban por venir.

Escribí sobre ti la historia de los veinte días que faltaban. La historia de los días que podrían venir. Escribí sobre ti palabras de no amor y palabras amorosas que nunca habría dicho en voz alta. Escribí con mi dedo sobre tu piel el cuento que te hacía dormir. Antes de que escribiera “vivieron felices y comieron perdices”, tú ya estabas dormida.

Escribí cosas que después fueron verdad y cosas que nunca llegarían a pasar, cosas que inventé para tu piel, para que ella las supiera sin que yo tuviera que decirlas, sin que tú tuvieras que oírlas. Escribí mentiras y verdades que luego tú borrabas en la ducha. Cosas que podrían haber sido pero no fueron porque las borraste frotando gel sobre tu vientre y tu espalda, sobre tus costados y tus brazos.

Escribí mientras miraba el juego de luces y sombras de aquella habitación pequeña las palabras mejores que pude escribir. Tú las borraste. El agua se las llevó. Todo se olvidaba al instante. Yo abría los ojos. Miraba la luz. Sonreía las palabras que iba dibujando con la yema de mis dedos.



domingo, junio 02, 2013

ABOUT A GIRL

Unos meses después mi coche estaba lleno de pelos tuyos. Pelos que se quedaban enredados en los asientos, que caían en las alfombrillas o que yo tocaba en la palanca al cambiar la marcha. Una vez un pelo tuyo, en un abrazo, se me quedó enganchado en las gafas.

Una tarde nos quedamos mirando cómo llovía. Me obligaste a cerrar la ventana por temor a los rayos. La lluvia inundaba el patio vecino. No mojabas, pero empapabas. Me creía seco, pero no era cierto. Todo era fácil. Sólo permanecías en mi línea de visión. Me creía seco, pobre de mí.

Casi nunca conseguías entenderme. A veces me salía una voz rara, cargada en unas eses que duraban absurdamente. Nunca había balbuceado tanto. Yo decía libertad cuando pensaba en las manos abiertas que tú me habías enseñado a abrir. Las manos hablaban mejor que nosotros. Ellas siempre supieron entenderse.

Me cambiaste de sitio el reloj, el gel de baño, las zapatillas. Descolocabas las cosas a tu paso. Me tropecé y me caí con mi propia alfombra, con mi mundo desorganizado.

Eras buena con las palabras. Mejor que yo. Y hasta eras mejor que yo con los silencios. Yo hablaba de más. No sabía callar. Una vez más te reías de mi voz. De mis eses. Las alargaba para ti, para hacerte reír. Yo me reía mucho más con las voces que tú hacías.

No podía verte cada noche. Libre. Te repetía la palabra libertad. Tú me cambiaste hasta los besos. A mejor. Joder. A mejor. Mis labios ya no eran sólo fábricas absurdas de eses. Yo lo hacía. No podía verte cada noche. Libre. Te guardaba toda la libertad que tenía: te pensaba. Siempre era posible verte algunas noches, pero te aprendí a base de pensarte. Cambiaste mi tú poético. Vacilaba los tiempos al escribir. No sabía elegir entre el presente y el pasado. Entre el futuro y el presente.

No podía verte cada noche. Libre. Tú hablabas del calendario y de las moquetas. Yo jamás había pisado una moqueta. No miré nunca el calendario. Yo siempre había estado solo. Podría volver a estarlo. Siempre tendría los pelos de mi coche y los días de lluvia en que me empapaste sin mojar.
Pero aún no llega el calendario.





domingo, mayo 12, 2013

LAS MANOS NUNCA OLVIDAN

No podía cerrar los ojos. Cada vez que cerraba los ojos, ella aparecía ante mí, su cuerpo desnudo y dorado en aquel desorden de sábanas suavizadas. Cada vez que cerraba los ojos, oía los pequeños gemidos que soltaba cuando yo la tocaba. 

Aprendí a tocarla lentamente. No es fácil tocar a alguien. Ella me llevaba las manos para que aprendiera su cuerpo. Se reía con mis movimientos torpes, tan desgarbado en la cama y fuera de ella. Yo le decía cosas sin sentido. No podía callar ante su cuerpo desnudo. Sonreía y me miraba sin entenderme y cogía mi mano otra vez y le indicaba el camino correcto.

Pero cuando yo estaba solo no podía cerrar los ojos. Olvidé cómo tocarme a mí mismo, como si mi cuerpo fuera un cuerpo extraño cuando ella no estaba, como si mi cuerpo estuviera incompleto cuando no estaba el suyo desnudo entre las sábanas suavizadas.

Cuando ella se fue, tardé semanas en volver a cerrar los ojos sin verla. Tardé semanas en no escuchar sus ruidos. Los días se sucedieron contra mi memoria. Dejé de usar las palabras que ella me había enseñado. Olvidé los caminos que ella me había enseñado, los caminos que hicimos por su cuerpo, los caminos llenos de amapolas que ella hacía tras mis pasos.

Pasó sin que me diera cuenta. Un día cerré los ojos y ya no quedaba nada. No había ruidos. No había colores. No había suavidad. No había un cuerpo desnudo y dorado. Había hecho todo lo posible para que no se fuera. La había retenido a costa de mí mismo. Pero no quedó nada. Sólo mi cuerpo habitual y desgarbado. El cuerpo que yo tuve que volver a utilizar.

Meses después tenía que hacer mucho esfuerzo por recordar su cuerpo. Meses después todo había sido un sueño dorado y suave. Meses después su recuerdo era un sonrisa en mi cuerpo. Nunca olvidé lo que me había enseñado. Los ojos cerrados dejan de ver, pero las manos nunca olvidan.






martes, mayo 07, 2013

MARAVILLA

Sé que hay días que te sientes tentada a olvidar que eres una mujer maravillosa. Dejas de sonreír y no das luz. Y no hay forma de hacerte entender que no hay otra posibilidad, que no puedes ser algo distinto a lo que eres: una mujer maravilla.

Tu condición no depende de mí. No depende del año en que se te vea, ni del momento del día. No depende de si tienes o no puesta la ropa. No depende de los ascensores que no cojo, ni de las palabras que no digo. No depende de si me quieres besar, ni depende de aquellos que te rodean. Tu condición no es condicional. Eres lo que eres: una mujer maravilla.

Hay días que te sientes tentada a no ver la realidad. La maravilla respira en ti y pretendes esconder todo eso que la hace vivir en ti (las veces que me haces reír, la inexistencia de tus cosquillas, el sentido de tus pulseras, las puertas dobles que se ocultan tras las palabras) como si realmente pudieras esconder todo eso que vive en ti.

En esos días no te escuchas a ti misma y quieres dimitir de tu condición de mujer maravilla. Las hormigas te parecen que se multiplican, los mosquitos no te dejan dormir. Te quieres instalar en el olvido. En casa, yo, que conozco esa verdad, sé que es una de esas cosas que estuvo ahí antes de que yo llegara, una de esas muchas cosas que me sobrevivirá, una de esas cosas que no se pueden evitar.

Yo no te lo recuerdo lo bastante. Y sin embargo no soy capaz de olvidarlo. Puedo olvidar el color de tu jersey. Puedo olvidar también que los labios no sólo sirven para silbar. Pero no puedo olvidar la maravilla que eres tú, mujer.




domingo, mayo 05, 2013

LA LUZ SE EQUIVOCA

La luz viene de la ventana. Tus ojos brillan porque la luz rebota en ellos. Cuando bajas la persiana, la única luz que queda es la de tus manos, que me encienden si me rozas, que iluminan medio mundo si me tocas. Subo un poco la persiana. La luz podría nacer en ti.

La luz debería nacer en ti. Mis manos no ven y no saben y sienten que tropiezan en una mina de luz. Cada pequeño tropiezo es una chispa que se ilumina un segundo. Tu cuerpo desnudo brilla con solo mirarlo. La luz se equivoca si piensa que viene de la ventana.

Se hace de noche cuando te echo el edredón encima. No tenemos frío, pero me duelen un poco los ojos de tanto mirar tu luz. Te quedas callada y discutes contigo misma. No tienes convicción en tus palabras. A veces decido creerte y a veces no.

Ciegas cuando enciendo la luz un momento. Necesito la certeza de que las cosas son como tú las haces brillar. Te ríes y tu boca y tus ojos son tan blancos en lo oscuro que por un momento se ilumina todo el desastre del cuarto: la ropa tirada, los zapatos sin desatar.

Hago mucho ruido cuando río. Hago mucho ruido cuando me haces reír. El sonido que haces tú sube por encima de la luz. El sonido que haces tú es lo que quiero recordar para siempre. El sonido que haces tú calienta la pared helada, hace volar el edredón. Todo es suave en esta luz de tu cuerpo. Y tus labios más aún. El sonido que haces tú es suave como la piel de tus pechos.

Me abrazas en la puerta. En la gasolinera la policía hace controles. Después de ti, ninguna luz me impresiona, ni siquiera esta verde y azul de la policía. Conduzco mucho rato sin sentido para acostumbrarme a que es de noche. Conduzco mucho rato asombrado de que tengas los lunares ahí colocados. Conduzco mucho rato riéndome de esta luz que no nace de ti.





sábado, mayo 04, 2013

MIRAR Y MIRAR

No quiero nada más que mirar y mirar. No quiero pasear contigo de la mano. No quiero que me mires y rías. No quiero quedarme a la sombra. No quiero tu frialdad, ni el calor que puede venir de cualquier mujer. No quiero nada. Ni siquiera quiero la paz. Quiero mis ojos. Quiero verlo todo. Mirar y mirar.

Quieto y mirando como un gato que se pasa la tarde en un balcón. Ajeno a todo y por todo interesado. Olvidándolo todo. Inventando cada historia que veo. Mintiendo a la realidad como ella siempre me miente a mí. Creando una historia paralela del mundo que nadie más que yo va a conocer.

Conozco tu existencia. Pero no me interesa. Conozco la existencia de todos. Pero no me importa. El mundo es sólo un espectáculo. Mirar y mirar. Y no poner ni siquiera palabras. Mirar como si  no supiera nada, como si estrenara los ojos a cada minuto.

Pasa una chica rubia. Pasa un coche rojo. Pasa un señor chino que corre. Todo es una historia nueva que sucede. Una historia nueva que invento. Una chica rubia que llega tarde a una cita, premeditadamente, porque le gusta hacerse esperar. Un coche rojo con una pareja que ya no se quiere, pero no puede decirse que ya no se quiere. Un señor chino que ha provocado un incendio en un almacén.

Pasas tú. Pero no me pareces tú. Y cuento una historia distinta. Pasas tú y yo no salgo en la historia que invento. Pasas tú y me gusta verte pasar y me gusta verte marchar. Pasas tú y aún hay mucho más que mirar y mirar. No pienso que deseo que vuelvas a pasar. Sólo lo deseo. Pero no puedo elegir.  




sábado, abril 27, 2013

ON / OFF

La mayor parte del tiempo soy como un televisor en Stand By. Entonces me encienden. Y soy lo que tengo que ser. Un amigo divertido. Un taxista experto. Un filósofo de la felicidad. Un agnóstico que se convierte. Un amante efectivo. Un quitapenas de los de verdad. Un monologuista de primera.

Puedo estar encendido todo el tiempo necesario. No necesito baterías. Ni mucho mantenimiento. Una ducha diaria. Un poco de sueño. Y ya estoy otra vez listo para ser lo que sea necesario que sea. No voy a decir que soy una máquina perfecta (soy un tipo humilde pese a todo, pese a todas esas cosas que hago y que digo), pero rara vez fallo.

Cumplo deseos. No como un genio de botella. Lo mío son los deseos cotidianos. El menudeo. No doy más que ratos de felicidad y de calma. Ratos de consuelo. Ratos de placer (esto a mí es lo que más increíble me parece). Normalmente se me convoca por un mensaje al teléfono. Por una llamada también.

Tú sabes bien cómo funciono. Sabes cuántas veces he mitigado tu infelicidad. Sabes cuántas veces te he hecho sonreír. Cuántas te has sentido investido de la razón a mi lado. Cuántas te has sentido inteligente después de que yo te pidiera que me explicaras algo. Sabes cuántas veces te he estado escuchando, el mismo discurso, repetido y repetido.

Acepto lo que me toca. No suelen convocarme a la felicidad. Pero se me da bien quitarte la tristeza. Soy bueno buscando tus puntos fuertes y ocultando tus defectos. Cuando me lo pides, te enseño el lado malo de las cosas, y lo lejos que estás de él. Sé bien cuando eres feliz. Es fácil deducirlo. Yo no estoy cerca.

Y paso el resto del tiempo en stand by. Esperando a ser necesario. Trabajando en el futuro de tu sonrisa. Recibiendo encargos de muchos. Sembrado, sin alardear de ello, la felicidad de los que me encienden.



sábado, abril 20, 2013

LAS MUJERES DESNUDAS SON TAL Y COMO LAS RECORDABA

Las mujeres desnudas son tal y como las recordaba. Tienen las cosas dónde deben tenerlas. Tienen las cosas que deben tener. Un rato antes, vestida, la mujer era un conglomerado de deseo. El perfume, el sostén, los pantalones. Todo moldeaba su belleza hacia arriba. Todo la mejoraba. Ahora, desnuda ante mí, es tal y como yo recorbaba que debía ser. Pero también es una verdad que no se puede desmentir.

Es una mujer desnuda, no eres tú desnuda. Eso lo hace muy diferente. Tú vestida, a un metro de mí, provocas esto mismo que ella provoca. Pero ha necesitado desnudarse. Dejarme ver lo que hay dentro de ella. Dejarme ser el objeto de su deseo. Miro sus pechos enormes y no veo ya su sonrisa que era pícara.

Me encuentro con lo real tan de repente, que mi cuerpo no reacciona todavía. Tiene que acercarse y tocarme. Pasa su lengua por mi cuello. Pero es el roce de su cuerpo desnudo lo que está funcionando. El deseo está empujando mi corazón. Todo es un latido. Ahora, ya erecto, me desnudo yo también.

Mi desnudo y el suyo forman una imagen cómica. Yo desnudo soy un poco cómico. Junto a una mujer desnuda, una mujer tal y como debe ser una mujer, se me vuelve una broma. Me río. Clavo mis dedos en alguna parte de su cuerpo y sigo adelante.

Todo es tal y como lo recordaba. La dureza o no de las zonas que voy palpando, que voy aprentado o que voy penetrando. Los olores. El sabor distinto de su cuello, sus pechos, su sexo y sus muñecas. Todo esto ya lo he vivido. Todo esto ya ha pasado antes. Y volverá a pasar después. Y yo recordaré todo tal y como es. Recordaré que todas las mujeres desnudas tienen una marca de sujetador en la espalda. Recordaré que me da mucho miedo tocar su sexo, porque tiene una textura que podría hacerme perder la mano. Recordaré que desnudas no tienen ya nada que ocultar y dan un poco de risa, porque tienen miedo a que las veas así, a que las juzgues así. Recordaré que las cosas son tal y como yo creo que son, y que por eso no hace falta estar continuamente haciéndolas.




miércoles, abril 10, 2013

MIS OJOS

Ser fotógrafo es compartir tus ojos. Sólo yo veo lo que yo veo. Nadie más puede ver con mis ojos, a través de ellos. Nadie más puede ver que de repente, hay una luz pequeña que se ilumina y que todo cambia porque yo estoy donde estoy y estoy mirando hacia ella. Mis fotografías dejan ver por un instante lo que yo estoy viendo siempre. Ofrecen a los demás ese momento.

No es la playa lo que yo fotografío, sino mi visión de la playa, lo que yo veo en ella. El niño en sombra peleando su castillo contra el mar inmenso. La nube que se aparta un poco y deja ver un rayo de sol que incide iluminando una ventana en ese edificio tan viejo. La luz que golpea unas gotas de agua y hace ver un arco iris que empieza justo donde debe estar tu casa (esa foto que a ti te gusta tanto, que está puesta en tu estantería, junto a los libros que más te gustan).

Cuando ellos miran mis fotos y dicen: “¡Qué bonito!” “Me gusta mucho” no se lo están diciendo a mis fotos, se lo están diciendo a mis ojos. Sí, hay una técnica detrás. Y sí, también hay una historia detrás (esperar al momento justo en que todas esas luces se iluminan y volver a intentarlo tres veces porque la primera vez no ha salido bien y la segunda no me convence del todo). Pero es mi mirada lo que alaban.

Ser fotógrafo es compartir los ojos, hacer que ellos vean, por un segundo, lo que yo veo durante todo el tiempo. Por eso, cuando son las fotos que yo te he hecho las que ven y dicen “¡Qué hermosa!” sé que lo que está sucediendo es, sobre todo, un enorme acto de justicia.





domingo, abril 07, 2013

ARCO IRIS

Llovió tanto ese invierno que entre tus piernas salió un arco iris, yo metía la cabeza entre ellas y veía un nudo de colores que giraba y giraba. Cerraba fuerte los ojos y todo era agua que caía, agua que corría y que no había forma de dejar correr. Una primavera de sueños nació poco a poco entre tus piernas.

Tus pasos ganaron en la primavera. Abandonaste las botas que te protegieron del invierno. Yo siempre voy en zapatillas, por eso me escurría en el agua que se escapaba del cielo y de todas partes. Resbalaba y me agarraba a los arco iris que tú ibas formando. Tú ganaste la primavera a las flores y los colores, tú los hacías mucho mejor.

Los días sin lluvia el sol salía triste, no era capaz de rebotar en la lluvia y formar un arco de colores. Tus piernas se cerraban para mí y yo rezaba al dios de la lluvia, yo creaba al dios de la lluvia para que me concediera agua y arco iris. Los dioses nunca me van a ser propicios. Sólo cuando tu rezabas había arco iris entre mis orejas.

El verano secó mis razones. Semanas y semanas de sequía entre tus piernas, en el cielo. Eran impensables los paraguas y yo hervía mi deseo en un agua que se evaporaba. El verano dobló el arco iris que había salido entre tus piernas. Todo era un mundo en blanco y negro, un mundo sin colores.

Poco a poco tus piernas se alejaron. No hubo más arco iris para mí, para mis orejas. Yo seguía rezando al dios de la lluvia que no me hacía caso, a un dios de colores y agua que no hace caso. El mundo con sol es blanco y negro.




domingo, marzo 31, 2013

CONCIENCIA

Nunca tuve la conciencia de un malvado. Siempre que hago algo malo, me arrepiento de lo hecho. Cada maldad que he cometido me ha conducido a la culpa, a una culpa exagerada muchas veces. Mis maldades son pequeñas, son las maldades de lo cotidiano, pequeñas pero persistentes, sobre todo en mi memoria, que todo lo exagera.

De pequeño me quedaba con las vueltas. Robaba caramelos de los botes que mi abuela no me dejaba abrir. No recuerdo las veces que ella me los daba. Sólo las pocas que yo abría el bote sin que ella me lo hubiera dicho. Ahora me escondo de la gente que no quiero ver. Cambio de acera, de camino si veo que vienen hacia mí por la calle.

Cada vez que me acuesto con una mujer, una mujer que no amo, porque las mujeres que amo no quieren acostarse conmigo, me come tanto la culpa que paso después mucho tiempo en la ducha, tratando de eliminar cualquier rastro de ellas. Invento excusas estúpidas y falsas para huir de su lado. Miento. Soy un mentiroso.

Me arrepiento tanto de esas maldades cotidianas que a veces no puedo vivir conmigo mismo y tengo que imaginarme asesino o ladrón. Se me aparecen agraviadas las mujeres que he dejado en su cama. Estaría dispuesto a cualquier cosa para reparar mi error. Ellas simplemente duermen, o se van con sus amigas al bar. Yo intento eliminar de mi cuerpo y mi memoria su rastro culpable.

Merezco la horca, el infierno, el eterno castigo por mi comportamiento. Pero es que el deseo (tú sabes cómo es el deseo) me obliga a tomarlas. Me obliga a luchar contra la culpa y el arrepentimiento. Y todo me sale mal. Porque soy un malvado y se me nota. Porque tengo la conciencia de un hombre estúpido. La conciencia manchada de quien no soporta las manchas.




domingo, marzo 24, 2013

REMEDIO CONTRA EL RUIDO

Nunca sabré por qué me da por escribir poemas de amor a las 5:26 de la mañana en un bar. A esa hora todos son adolescentes y tú eres tan hermosa. Supongo que es la mejor forma de no escuchar el ruido. En mi cabeza todo deja de sonar y sólo oigo las palabras que voy pensando.

Tú vives siempre en tus actos. Toda la noche lo he repetido mientras alrededor la gente fumaba y bebía y bailaba y se preguntaba por qué el resto del mundo no fuma ni bebe ni baila en un bar a esa hora de la madrugada. Hay un desamparo extraño en las posturas. Una búsqueda desordenada y sin sentido. Tú eres tus actos. Lo demás sólo son palabras.

El miedo y la falta de luz van de la mano. Te miro buscando una palabra que se me ha quedado enganchada. Espero que nadie venga ahora a hablarme, que nadie me intente hacer bailar. La memoria busca otros días iguales, otra gente parecida a esta gente, busca lo que echa en falta. Los tejemanejes del deseo tiran de cualquier lado. La actitud reina en un bar a oscuras.

Si quisiera describir un cuerpo desnudo, no habría mejor taller. Los cuerpos se mueven y hay un adjetivo tan apropiado para cada sustantivo que parece que no exista otro posible: el cuerpo fabuloso. Sonrío por la comprensión del mundo. Nadie ve lo que yo veo. Nadie oye lo que yo oigo. Tú no sabes cómo escribo poemas de amor en silencio.

La idea de un castigo divino se disipa, todo es una concatenación de sucesos lógicos. Sólo puede pasar lo que pasa, hasta que alguien se atreva a evitar que pase lo que pasa. Por eso las mejores palabras son las que realizan los actos, las que sólo han de ser dichas para que las cosas ocurran. Los tejemanejes del deseo sonríen. El mundo sale de mí. Tú sonríes. Alguien me vuelve a pisar.

Fuera del bar no se siente el frío. Es como si llevara el calor dentro. Creo que estoy quemando palabras para calentarme, para olvidar. Tendré que escribir todo esto en algún sitio, adolescentes, castigo divino, poemas de amor, bares por la noche, i won't wait for you, tu hermosura o no podré dormir.