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martes, agosto 19, 2008

EL HOMBRE Y LA PIEDRA


Sentado en el suelo el hombre torpe, no el más torpe pero sí muy torpe, no sólo de movimientos (en sus tiempos no se estimulaba la psicomotricidad y eso se notaba), miraba la piedra fijamente como buscando una explicación real o al menos válida a lo que sucedía.
La rodilla le sangraba ligeramente y tenía una mano un poco magullada, pero era sobre todo su orgullo y su inteligencia lo que se encontraban heridas. Porque no podía explicar que le sucedía con aquella piedra en concreto, ¿por qué era aquella piedra la que le hacía caer si había superado, no sin tropezar y muchas veces, otras muchas piedras en su vida, en su camino?
El hombre torpe había tropezado una vez más con aquella piedra y una vez más había caído. Y se sentía magullado y torpe. Y no sabía explicarlo, no encontraba la respuesta a lo sucedido, y eso era lo que más le enfadaba, no encontrar las respuestas a sus actos. ¿Por qué precisamente esa piedra?
No tenía, aparentemente, nada especial aquella piedra. Era igual que muchas otras piedras. Pero siempre tropezaba con ella. Y además siempre caía de la misma manera, de la misma forma torpe y absurda, como si en realidad estuviera predestinado a caer en esa piedra y su capacidad de aprender de sus errores no existiera.
El hombre torpe se levantó y trató de olvidar la piedra. Se alejó de ella y pese a que le costó mucho dejar de pensarla, lo consiguió. O al menos lo consiguió a ratos. Pero cuando otro día tuvo que andar el mismo camino volvió a caer de la misma manera. Y se puso a llorar tiernamente, comprendiendo que siempre tropezaría con la piedra, que la piedra siempre le haría caer.

Piedras.

2 comentarios:

CRISTINA dijo...

Y es que, por mucho que nos esforcemos, que pensemos, que seamos lógicos, siempre existe un obstáculo que nos cuesta superar de una forma infinitamente superior que otros tantos. Incluso a veces lo más sencillo es más difícil de esquivar.

Julio Vegas dijo...

Sí, todos tenemos nuestras piedras particulares a las que tanto queremos, y de ahí, que caigamos tantas veces por su culpa. No son malas, sino sensuales, adictivas, divertidas, hermosas, etc. Siempre nos hascen volver. Si es que la cabra tira al monte, y en su camino, se tropieza