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lunes, enero 19, 2009

FICCIÓN

Como en todo, allí había un código que permitía descubrir lo que se estaba diciendo, lo que el escritor iba diciendo. No lo que decía literalmente, sino lo que iba más allá, lo que contaba realmente. Había un código, una manera de sacar lo real de su revestimiento ficticio.
Y aquellos que sabían el código lo aplicaban y leían la verdad, la realidad que se ocultaba tras el bonito revestimiento ficticio que hablaba de otras cosas: caballeros andantes, piratas, jeques árabes,…
Pero no siempre era así. Las apariencias engañan. Y a veces utilizando el código se llegaba a conclusiones erróneas. Porque muchas veces la ficción era ficción y no tenía ninguna relación con la realidad.
Y los que conocían el código se equivocaban y suponían amores imposibles, dolores inmensos, pesares y otras fascinantes sensaciones en el interior del escritor.
Sucedía que confundían la realidad con la ficción, que la realidad no les dejaba ver la ficción que se ocultaba allí.
Y el escritor, un tanto vacío por dentro (reconozcámoslo) y un poco bromista, escribía y escribía y parecía que decía lo que nunca decía.
Llegó a ser reconocido como un genio.

Escribiendo

1 comentario:

Rage or Fury dijo...

Está claro que la realidad siempre supera a la ficción.