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jueves, octubre 08, 2009

OSTIAS

Siguiendo la pista de los hombres de negro hemos llegado muy lejos. Avistamos a unos cerca del bar donde el maletín se perdió. Y como iban de negro y eran dos les seguimos. Caminaban más bien despacio, sin prisa. Como si no tuvieran nada que hacer.
Felipe decía que sabían que les seguíamos. Pero yo no estaba tan seguro. El caso es que ellos iban a su ritmo, hablando y eso. Nosotros, cual espías, detrás de ellos, mirando de vez en cuando para otro lado. Yo pensé en comprar un periódico y taparme con él, pero me pareció poco verosímil caminar por la calle y leer el periódico a la vez. Por más que haya tanta gente capaz de hacerlo. Sobre todo mujeres.
El caso es que les seguimos. Y ellos a su rollo. Yo ya estaba muy mosca. Y estaba por lanzarme a ellos. Tanto que al final, que si sí que si no, me lancé. Les cogí y les reduje. Les teníamos a tiro. Ellos se quedaron sorprendidos. Como mi plan decía, la sorpresa sería nuestro arma.
En una de estas, mientras yo le daba de lo lindo a uno mientras le decía: y el maletín cabrón, dónde lo has echado, Felipe me da en la espalda y me dice que pare, por Dios, que pare.
Yo paro. Le digo, qué pasa, y me dice, míralos. No eran nuestros hombres de negro. Sí que iban de negro, pero no eran ladrones. Ni mucho menos. Eran sacerdotes. Menos mal que eran comprensivos. Con cincuenta ave marías nos perdonaron. Voy por el tercero.

Sotana ideal para pasar desapercibido