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jueves, septiembre 11, 2008

LA MUERTE NO ES EL FINAL

Aún guardo muchos recuerdos. No sé muy cómo se guardan los recuerdos, ni por qué se guardan. Ni por qué son esos los recuerdos que se guardan y no otros, otros cualquiera como sucede a veces con los recuerdos, que no significan nada, que sólo se recuerdan, sin más sin motivo, sin razón.
Recuerdo robar manzanas y fresas y uvas cuando era niño y cómo salíamos corriendo cuando el viejo aquel dueño tal vez de las manzanas venía y nos gritaba. Recuerdo que un día, en un olivo cercano al manzano me partí la muñeca. No sé cual de las dos.
Recuerdo la sensación de montar en bici, de ir a un arroyo cerca de casa y sentarme a tirar piedras. Recuerdo que un día encontramos un montón de botellas nuevas y estuvimos horas rompiéndolas con piedras.
Recuerdo muchas canciones, sin mucho sentido, recuerdos confusos. Recuerdo un vagón de metro y Si tú me dices ven, lo dejo todo y recuerdo que esa canción me pone siempre triste, pero que me gusta mucho escucharla, quizá porque me recordaba a ti.
Recuerdo gente que me quiso mucho. Y que nunca creí merecer ser querido. Al menos no tanto por la gente que lo hizo. Recuerdo que el 11 de septiembre era tu cumpleaños y que teníamos un examen y que alguien dijo “han estampado dos aviones contra las torres gemelas”.
Recuerdo el dolor. No el físico que nunca me asustó ni me dio miedo, sino el otro. Recuerdo no poder salir de casa, recuerdo el miedo a sentirme enfermo, el miedo a no ser querido, a perder a la gente, el miedo a hablar en público, a ser el centro de atención.
Recuerdo que tras mucho caminar encontré mucha gente que fui juntando a mi vida. Unas veces salió mal. Pocas bien.
Pero sobre todo recuerdo la noche que morí, ¿lo recuerdas tú? Yo la tengo tan clara como si fuera hoy mismo, como si fuera a pasar ahora de nuevo. Me dijiste muchas cosas. Las recuerdo todas. A veces hacía cosas para que no me quisieras, para que de una forma u otra me despegaras un poco de tu vida. Lo hacía sin querer y lo hacía sabiendo bien lo que hacía. Lo que nunca pude adivinar fue que un día dejarías de hablarme, de contarme. Y recuerdo la sensación de final del mundo en ese momento. Recuerdo que pensaba que tenías muchos motivos para estar enfadada, conmigo y con los demás. Pero que no podía imaginar la vida, mi nueva vida sin que volvieras a hablarme a contarme.
Y recuerdo, que como si aquello fuera una premonición, mi vida se acabó ahí. No sé cómo morí, ni que sentí, sólo sé que lamenté sobre todo haberte dejado y haberte dejado de esa manera.
Pero no temas, ahora lo sé, la muerte no es el final.

"Palacio, buen amigo..."

1 comentario:

CRISTINA dijo...

y a menudo sentimos en nuestra vida que se acaba, que es el final, que no vamos a poder seguir, pero nunca es así, al final se sigue, se sale, se avanza. Sólo necesitamos fuerzas.