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domingo, octubre 05, 2008

EL ENCANTO DE LO INESPERADO


Se preparaba otra noche igual que las otras noches, en el mismo sitio, con la misma gente. Una noche igual que todas, donde la sorpresa tenía poca cabida, donde todo, pese a no estar programado, se repetía de una manera igual que se podía mirar el reloj y adivinar dónde iban a estar y qué iban a estar haciendo.
Pero alguien, uno de los que por allí había, decidió cambiar de plan. Y sólo por no ver las mismas caras, la misma gente, las mismas mujeres con los mismos hombres, siempre inalcanzables o no, pero las de siempre, los mismos hombres ya gastados de tanto mirarlos, decidieron hacer otra cosa, cambiar de lugar, de ambiente.
Y tuvo aquel cambio un aire regenerador y divertido que pudo con todos y que se notaba en sus caras. La novedad de las caras, de los ruidos, de los lugares no dejaba de sorprenderles y agradarles. Una sensación extraña y tal vez estúpida de libertad y de posibilidades se abrió ante ellos, que felices sonreían ante todo, ante esas mismas cosas que repetidas en otro lugar, en su lugar, ya les tenían algo cansados.
El encanto de la novedad hizo que aquel hombre entablara conversación con una mujer. No lo hacía desde hace ya mucho tiempo "¿para qué si ya las conozco a todas y todas me han rechazado?" Pero se atrevió en aras de la nueva sensación de libertad y despreocupación “total aquí nadie me conoce”. Sorprendentemente la mujer le hacía caso y cuando, de un modo un tanto confuso y desconfiado le pidió que fuera con él a dar una vuelta (gran eufemismo) no pudo evitar una sensación de victoria sin igual cuando vio que ella aceptaba.
Metidos en faena, el encanto de lo inesperado todo lo había propiciado, todo lo había movido, había decidido la noche y estaba resultando mejor que cualquier otra cosa, notó algo que no iba como era de esperar. Y el encanto de lo inesperado apareció una vez más aquella noche cuando debajo de la falda de aquella mujer apareció lo que no debía aparecer, apareció un pene que en cualquier momento se podía poner erecto y amenazar su integridad.
Pero movido por el encanto de lo inesperado hizo de tripas corazón y continúo con su labor. “Total aquí nadie me conoce y para una teta, siquiera falsa, que toco no voy a parar”. Y el encanto de esa noche inesperada, de lo imprevisible y por tanto con mejor aspecto lo envolvió todo en un revoltijo de besos y otras cosas que por ser inesperadas no vamos ahora a contar.


Primero fue el temor, luego ya hizo de tripas corazón.



1 comentario:

CRISTINA dijo...

jajajajaja pobre hombre!!!! y es que a veces lo inesperado lo es de un modo excesivo. pero sin lo inesperado la vida no tendria movimiento